Él vino de Buda

11.04.2019
Benjamin Tam

Él vino de Buda y ella de Pest.

Aquella tarde, supe por Julie que Budapest nació de la unión de dos ciudades independientes y vecinas: Buda y Pest. Su relato saltó entre la arquitectura de la ciudad, la hospitalidad de sus habitantes y Steve, quien ahora yacía frente a nosotros, en su lecho de muerte en la unidad de cuidados intensivos (UCI). “Ha sido el hombre más amable”, dijo. “El hombre más amable del mundo.” Julie estaba apretando sus manos mientras que la música folk húngara se escuchaba de fondo. Se volvió hacia mí y preguntó: “¿Por qué Steve está aquí? ¿Va a mejorar?”

Me hizo esa pregunta muchas veces durante la tarde. Unos días antes Steve había tenido un paro cardíaco cuando estaba en casa. Su estado no era muy bueno y Julie llamó a la ambulancia. El personal de ambulancia constató que el estado de la mujer sola no era seguro y la llevó al hospital también. Mientras que Steve estaba en la UCI intubado, sedado y sometido a ventilación mecánica, Julie fue ingresada en el pabellón general del hospital donde la examinó un geriatra que diagnóstico demencia, considerando que era incapaz de vivir de forma independiente.

Una serie de pruebas realizadas a Steve tras su paro cardíaco presagiaba un mal pronóstico. Steve se estaba muriendo. Hemos intentado encontrar a su familia pero sus hijos no mantienen contacto con él desde hace muchos años. Solo unos días después, en una reunión del equipo, se comentó que Julie también había sido ingresada en el hospital. Las enfermeras del pabellón donde estaba me contaron luego que ella pasó unos días preguntando constantemente por Steve. No sabía dónde se encontraba pero sabía que algo malo le había pasado a él. Necesitaba desesperadamente estar con él. Me da vergüenza admitir que hasta que fuimos a buscarla ya habían pasado ocho días desde el momento en que Steve y Julie habían sido hospitalizados. Éramos capaces de resucitar un corazón detenido pero no podíamos unir el amor perdido separado por tres pisos.

No sé quién lo menciono por primera vez o qué provocó la conversación y la puesta en marcha. Alguien lo dijo y supimos que sería importante unirlos. Cuando encontramos a Julie por primera vez, acababa de volver de visitar las potenciales residencias de ancianos. Ella sonrió alegremente cuando nos recibió en su habitación pequeña y compartida. Era simpática, divertida y sincera. Le ofrecimos nuestra ayuda para encontrar a Steve. Estaba tan abrumada que nos entregó sus últimos escasos dólares por nuestras molestias. Hablamos con su médico para asegurarnos si era razonable llevarla de visita. Nos dijo que era lo correcto.

Mientras estábamos llevándola en silla de ruedas por la UCI, vi cómo se les llenaban los ojos de lágrimas a los médicos que cuidaban de Steve. Se sentó a su lado izquierdo y tomó sus manos entre las suyas. “¿Steve, querido, me escuchas?” Ella se giró hacia mí y me preguntó: “¿Lo estoy haciendo bien?” Le ayudamos a bañarlo y pusimos música de su infancia. Me contó sobre su huida de Hungría a Canadá, y cómo crecieron el uno junto al otro durante muchos años. Él fue ingeniero civil y a ella le encantaba mimarlo con goulash. Para ella, Steve fue el mejor hombre del mundo. Le susurró: “Steve, levántate, te llevaré a bailar, te lo prometo.” Me miró con sus suaves ojos grises y pidió que no me rindiera. Se lo prometí. Mientras que el ventilador tarareaba, ella volvió a decirle: “Steve, querido, Steve...” Nos sentamos juntos aquella tarde. Aunque no tenía nada que ofrecer para detener la muerte de Steve estoy seguro de haber mantenido mi promesa de no rendirme.

Fermata es una notación musical que indica mantener una nota por encima de la duración normal. Hemos creado esta pausa antes de la muerte en la UCI. Antes de la época del soporte vital mecánico, las circunstancias trágicas llevaban a la muerte rápida. Actualmente, la muerte durante una enfermedad crítica o terminal puede ser postergada puesto que se realizan pruebas, se organizan reuniones y se toman decisiones para encontrar la mejor línea de acción. Esta dimensión es un terreno nuevo. A lo largo de los años, la ciencia de la medicina ha encontrado soluciones para retornar a las personas que están al borde de la muerte. No siempre tenemos éxito y en algunos casos los pacientes oscilan entre la vida y la muerte, con un pie en ambos mundos.

Estos momentos son los más difíciles. Los médicos se endurecen, las familias se ponen ansiosas y en algún punto del camino la persona detrás del paciente se pierde. En esta dimensión aún podemos trabajar para honrar, dignificar y respetar a los pacientes y a las familias a quienes cuidamos. La práctica de la medicina es un encuentro entre personas y esas son las intervenciones humanistas que podemos aportar. El interés que mostramos no es “blando” ni “inconmensurable” sino es el fundamento básico de una práctica médica compasiva.

Considero que los profesionales clínicos que navegan por esa dimensión tienen una brújula moral que les orienta para hacer lo correcto. Sin embargo, tenemos pocos mapas que nos ayuden a encontrar el camino. Se dedican años de formación en psicología, enfermedades, pruebas y tratamientos. Solo se dedican un par de horas, cuando se hace, a cultivar la compasión hacia los pacientes, familias y a nosotros mismos en ese espacio creciente entre la vida y la muerte. Todos juntos necesitamos desarrollar la plena atención, el vocabulario y las herramientas necesarias para fomentar este aspecto de la práctica clínica. Junto a la ciencia necesitamos la compasión. Necesitamos tanto Buda como Pest.